Leyendo En la Ocho a la Doce, parece que Roberto G. Fernández ha creado una obra tan fragmentada sin propósito conectado entre las viñetas. Mientras tratamos de entender como funciona el libro en total, nos sentimos un poco como los personajes en el capítulo “La gira.” Nosotros como lectores nos sentimos fuera de lugar, limitados por el deseo de tener narrativa conectada pero solamente capaces de ver la historia con la perspectiva que nos dio el autor. En una manera similar, en “La gira,” tienen que enfrentar una situación que no se conocen. Se sienten fragmentados y solamente pueden ver su situación con una perspectiva limitada. No saben si hay peligro ni agua, y están restringidos a causa de su idioma. La “melancólica melodía” que encuentran y dice “Sometimes I feel like a motherless child, a long way from home and thirsty…” es una representación de la retórica de todo el capítulo, y también de la estructura del libro en general (91). Nosotros como lectores no debemos comprenderlo todo, porque estamos fuera de lugar. Tener esta concepción fragmentada del libro es reconocer que todos somos extranjeros y todos tenemos perspectivas limitadas, y esta estructura fue intencional en la construcción del libro.
Mientras todas las viñetas tienen diferentes tramas, personajes y temas, hay unos hilos comunes que las conectan. Por ejemplo, la idea de “memoria” es una que vemos consistentemente por el libro, especialmente en el capítulo “Mala memoria.” Aquí, Fernández construye la relación entre Manolo y su carro, un Nissan del ’84. Manolo pone su identidad en este carro y ellos funcionan como parejas: “Al igual que Manolo, la japonesa había cambiado el metal de voz con el pasar del tiempo. Su dulce voz de laúd se había tornado ronca. Pero su ayuda le era más importante que nunca ahora que había notado que la memoria había comenzado a fallar” (102). Mientras Manolo empieza a perder su memoria y transformarse en demente, el carro también empieza a perder su memoria y transformarse en demente. El problema es que Manolo sigue poniendo toda su confianza en este carro y dependiendo solamente en ella. La consecuencia de esta confianza es el choque horrible que resulta, y muestra a Manolo el fracaso de su mentalidad y su incapacidad a pensar claramente.
Fernández pone énfasis en la claridad de memorias por todo el libro, diciendo en el último capítulo que “recordar es volver a vivir” (187). Las memorias contribuyen a la auto-definición de una persona y una cultura, y su identidad depende (en parte) en su capacidad de recordar, pensar claramente y tener nostalgia para lo que ha pasado. Mientras todas las viñetas constituyen en tramas diferentes, todas dependen en un conocimiento del pasado como parte de una identidad colectiva. La identidad cubana no puede sobrevivir sin la memoria, nos dice Fernández con su elección de tema. Pensando en la estructura del libro, ¿qué piensan ustedes sobre la importancia de la memoria? ¿Hay otras conexiones que ven entre las viñetas?
El último capítulo, que se llama “El rincón del recuerdo,” muestra un contraste entre la regularidad y lo que interrumpe nuestra regularidad. En medio del programa del radio, por ejemplo, hay un anuncio que el avión con Mirta María Vergara desapareció y luego resultó en caos por todas las personas esperando en ella. Aprendemos que “la vida nos da sorpresas, sorpresas nos da la vida” (190). ¿Cómo usa Fernández esta situación para terminar las historias de Ignacio, Bárbara, Guillermo, el personaje de San Guiven y Siboney? ¿Cómo la usa para terminar el libro en general? ¿Qué está diciendo Fernández sobre interrupciones en la vida, en el contexto de los cubanos?
Fuentes
Fernández, Roberto G. El la Ocho y la Doce. Boston: Houghton Mifflin Company, 2001.Print.
Nissan Laurel 1984 silver. Wikipedia Commons. <http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/83/Nissan_Laurel_1984_silver.jpg>. 26 November 2006. Web. 17 November 2013.





























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